jueves, 8 de junio de 2017

La entrada con más corazón

Existe un concepto persistente
que nadie juraría que es la esencia de todo
pero que está en todas las culturas
como eje vertebrador de toda civilización
Hoy hablo del análisis 


No sé si tendré fuerzas como para hablar de este tema, porque este recurso literario es, posiblemente, el más poderoso, mordaz y evidente. Es el más afilado, el más presente (en especial con lo que estamos viviendo ahora)..., y las debilidades de cada uno se verán reflejadas en cómo lo describe. Así que, si bien me fue difícil justificar a amigos míos el carácter científico de la existencia de unos memes a los que yo llamaba arcontes entonces, ¿cómo justificar la relación sistemática de lo que llamo los eones si, entre otras cosas, estos mismos acaban conformando la propia realidad trascendente que usamos para interpretar las cosas? Y claro, si uso un lenguaje más sencillo, ¿realmente haré justicia del uso del mismo a la hora de describirlos? Me resulta muy complejo.

En todas las culturas siempre ha habido alguna clase de juicio final. Este juicio enfrentaba al alma hacia dos posibilidades. El juico de osiris cogía un corazón y lo enfrentaba al análisis de los actos: ¿el ente tiene instintos puros o, por el contrario, fue manipulador?





Usando como contrapeso la pluma de la verdad, el análisis hará que la historia de la vida del mortal se torne hacia la luz o hacia la oscuridad, hacia algo consistente o algo caluroso y caótico. Tanto en egipcio como en japonés la palabra corazón forma parte del idioma, generando términos y vocablos asociados a los sentimientos, el instinto, la intuición... El poder de la intuición pura, la que nos empuja hacia lo auténtico..., eso es tener buen corazón; uno que genere las pulsiones correctas, que empuje al organismo hacia la buena dirección. Ahora pensadlo un momento, ¿no suena conspirativo que todas las culturas, aun sin haberse conocido entre sí, estuvieran de acuerdo conque un músculo tan absurdo como el corazón adquiriera todas esas funciones que, hoy día, los neurólogos le atribuyen al cerebro? Bien, no prometo nada, pero intentaré mostrar mis propias teorías al respecto...

Hace tiempo teoricé sobre cómo generar pulsiones en un sistema artificial
Hay que hacer retrospectiva..., supongo, no sé cómo va a salir esta entrada, así que iré tocando temas. Recordemos qué es un eón según mis teorías literarias: consiste en un ente que es reflejo de cómo se tiene que construir la forma artística. Una herramienta de una filosofía literaria, o un resultado estudiado a posteriori de cómo queda hecha la obra de manera que no quede sujeto a una manera cultural y que sea persistente. Quizá no tenga una buena definición, sin embargo podemos decir que lo que llamo arcontes se valdrán de objetos, o iconos (como los definí en este blog, y se ven reflejados en mi novela) para que puedan tener su propia interpretación de lo persistente.

Asímismo, el arconte del mundo tiene que tener una balanza: debe tener capacidad para analizar qué es coherente y qué no lo es. Este eón, el del análisis, supone evaluar qué instintos son auténticos y cuáles no. Es como si dijéramos que el poder interpretativo se lo llevan los arcontes, pero las reglas quedan definidas desde arriba.

Dicho esto, y me habré quedado corto, procederé con otra novela (en la mía las referencias son más leves, pero ya iré comentando) donde se ve el uso de este eón. Para empezar, hay que decir que en los tiempos que corren, ¿qué debemos esperar de una persona sin capacidad para analizar su propia novela? Si alguien hace una crítica literaria y no puede analizar los aspectos que la componen, cómo casan entre ellos, qué es sinónimo de qué..., ¿entonces qué pasa con el corazón y el mensaje en la novela?


Si nos vence el desbalance, los titanes nos devorarán
Un mundo apocalíptico, como el presentado en mi novela, no presenta la idea de los titanes (el apocalipsis se presenta con otro monstruito - el zomby). Pero ya hay un anime que presenta el apocalipsis de los desbalanceados, de los poderosos caóticos incongruentes, de unos monstruos sin empatía aparente, cuyo mundo va a machacar al nuestro y, contra esto, sólo hay una fórmula..., como dice la canción.

Ataque de los titanes. Alza tu corazón y ponte a luchar.
Da igual que la guerra la tengas perdida. Da igual que toda victoria salga mala. Da igual que el enemigo sea desconocido y todopoderoso. Da igual que vivas arrinconado. Da igual todo eso..., porque hay algo que persiste: una fuerza interior reconocible que trasciende a todo eso, un concepto que es independiente de cualquier cultura... Cualquier avance, por pequeño que sea, es un milagro maravilloso que hay que aprovechar.

Cuando ese tesón obra por la traición y se hace coherente entonces estos principios se oscurecen y empiezan a maniobrarse mecanismos de muy difícil resolución. Se ha dado el caso que hace poco murió el padre intelectual de Alqaeda, hace poco más el verdadero padre intelectual del tercer mundo..., todo eso me hace pensar que los titanes también pueden caer, que hay una pequeña esperanza..., igual que en la novela Luces y Espectros, existe siempre una luz al final del tunel. Detrás de acciones llevadas a cabo con mucho corazón, puede haber una victoria grandiosa o una derrota futil, pero nunca un motivo para no llevarlo a cabo; puede que incluso detrás de la derrota una explicación de que no había verdaderos motivos por los que luchar...

Todos esos rasgos persisten más allá de la vida que vivimos y componen nuestras pulsiones, impulsadas por los flujos internos que, con fuerza, ayudan a flexionar nuestros músculos en consonancia con nuestro sistema anímico que, desde el cerebro, intenta adivinarse cuál es. Cuando el corazón se acelera, y todo el organismo está en éxtasis, poco a poco se va contagiando ese estado de anímo al resto del cuerpo y, de ahí, un impulso que sale desde todas las células y se distribuye hasta nuestro sistema nervioso. No queda nada claro dónde se almacenan las pulsiones: para Freud provenían de nuestro sexo, para los neurólogos modernos del cerebro..., yo no lo tengo tan claro.







Suficiente hasta aquí
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