domingo, 24 de abril de 2016

Triunfo personal + Fracaso social = Aburrimiento

La frustración de ver cómo la sociedad no es meritocrática acaba por hacer que la gente pierda las ilusiones. Lo que siempre vamos a ver es cómo unas reglas que inspiren el deseo de avanzar genera sociedades productivas y que no necesitan el miedo para hacer que la gente trabage.
El principal problema del mundo en el que vivimos reside en los que se conforman con comprar el trofeo y ponerlo en su vitrina para crear recuerdos falsos, en los que tienen miedo de afrontar la realidad de su fracaso y la intrusión del mundo en el que forman parte y se valen de mecanismos para machacar al que no tiene mecanismos de defensa, en los que sospechan que en el mismo instante en el que dejen de besarle la bota al amo éste empezará a pisotearles y a no nombrarles comisarios honorarios..., tenemos ejemplos claros de qué está destruyendo nuestra sociedad. Asímismo, si se persigue al que denuncia para que deje de denunciar, si se esconde el criminal para mantener así su estatus de persona ejemplar en la sociedad, si se vuelve a elegir al familiar o al amigo frente a la selección del más adecuado..., poco a poco la sociedad tiende a aburrirse, a desinteresarse. Lo divertido, nos dice el loco, es el terrorismo, el vandalismo..., son las afirmaciones de Otegui, enfocar la política del loco que defiende que Otegui es hombre de paz, enfocar la política del desánimo obligando a los periodistas a tener que quedarse en las promociones de tu libro mientras los humillas... Cuando uno cree que ya ha visto lo suficiente llega la insistencia de la fórmula del éxito para el aburrimiento: tener mucho que ofrecer y que te sientas atrapado en lo que ves. Es como si algunos esperaran de ti justo lo que no te atrae, lo que te aburre expresamente más porque, en el fondo, la gente es muy aburrida y no lo sabe.


Este 23 de Abril no lo he aprovechado para intentar hacer conferencias sobre mi libro. Bien podría haberlo intentado, pero era muy aburrido. Tampoco he aprovechado para visitar las librerías que no me llaman y preguntarles qué tal la venta de mi libro. Recuerdo la vez que intenté venderle mi libro a una amiga entre bromas y ésta cortó todas sus comunicaciones conmigo (ya sea en Facebook como en Twitter). La gente está muy mal de la cabeza, los más tóxicos suelen pensar que son los otros los que están tóxicos. Hay cada vez más demencia y, la principal razón, el climax que se está levantando de crear un ambiente generalizado de que la población ya no pinta nada.

Es un hecho innegable: si bien el programa "El informal" ideado por Javier Capitán planteaba la posibilidad de que el vulgo tuviera la oportunidad de involucrarse en política, ahora lo que se ve últimamente son los oportunismos de la manipulación mediática. Sabiendo que para manipuladores de los medios tenemos tanto a los editores, como a los reporteros, como a los humoristas, artistas y a los propios representantes políticos. Todos metidos en el show de la política-basura. Un mecanismo muy bueno para arrebatarle a la población sus deseos de involucrarse.


El truco es bien sencillo: vamos a darles ilusión democrática. Vamos a crear la apariencia de que la audiencia tiene el poder. Vamos a plantear problemas con solución donde los políticos son los encargados de resolverlo. Vamos a crear un miedo que, para que sea emocionante, debe ser resoluble y desde la política. Pero, eso sí, no vamos a exigir que se resuelvan los problemas que no sabemos si se saben resolver..., para eso hay otro tipo de programa, otro tipo de espacio: eso sólo ocurre en tierras extranjeras.


En España no hay izquierda y derecha, teníamos izquierda y cribas. Ahora estamos perdiendo la izquierda. La cosa es que antes que una criba defiendo a la derecha: esa derecha que mostré en mi libro, pero derecha es. El liberalismo y la meritocracia plantean una manera de vivir que los más ricos no desearían: porque podrían perder todo lo que tienen y ser como los demás. En los juegos de manejo con el dinero, los hay que tienen, los hay que apuestan, pero todos pierden porque, o si no, nadie gana.


Si hay algo que realmente identifica a nuestra civilización con respecto a otras épocas es nuestra capacidad para darnos cuenta de lo sucios que somos y la poca visión de futuro que tenemos. Veremos al soviético quejarse del hambre que creaban los zares, aún más al capitalista quejarse de los muertos que generó la explosión en Chernovil, pero ¿a quién le tocará quejarse de la explosión en Fukushima cuya devastación es la mayor y más peligrosa? Quizá ahora toca a todos callar, porque ya estamos muertos.





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